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El Ritmo de la Guerra, Interludio I: Sylphrena

Hilo de hoy, El Ritmo de la Guerra, Interludio I: Sylphrena. 🎹 Por Clarinking ![Imagen](https://pbs.twimg.com/media/Gup23isXAAAWU3k.jpg?format=png) El capítulo...

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Hilo de hoy, El Ritmo de la Guerra, Interludio I: Sylphrena.

🎹 Por Clarinking

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El capĂ­tulo de hoy empieza con Syl paseando en Urithiru previo a una alta tormenta. Kal duerme, eso la alegra, pero le gustarĂ­a saber como ayudarlo. ÂżAlcanza con que encuentre un nuevo propĂłsito?

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A veces Syl sentĂ­a como si tuviera dos cerebros. Uno era el cerebro responsable, el que la habĂ­a llevado a desafiar a los honorspren y a su padre al buscar a Kaladin y formar un vĂ­nculo.

Ese era el cerebro que Syl anhelaba que la controlara. Se preocupaba de las cosas importantes: la gente, el destino del mundo y descubrir qué significaba en realidad ser de Honor.

Pero tambiĂ©n tenĂ­a otro cerebro. Ese otro se quedaba fascinado por el mundo y se comportaba como si perteneciera a una niña. ÂżUn ruido fuerte? ÂĄPues tocaba ir a ver quĂ© lo habĂ­a provocado! ÂżMĂșsica desde el horizonte? ÂĄPues a volar de un lado para otro, ansiosa y expectante!

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«Él tambiĂ©n tiene dos cerebros —pensó—. Un cerebro luminoso y otro oscuro.» DeseĂł poder entender a Kaladin. Necesitaba ayuda. A lo mejor bastarĂ­a con su nueva tarea. Syl deseaba desde lo mĂĄs profundo que bastara.

Syl entra en la Tormenta, pide al Padre Tormenta poder sentir lo que Kal, el le dice que no es un apéndice de los humanos, que puede decidir, ella dice que decide ayudar a Kal.

Sube a la cima de la torre y encuentra a Dalinar y como hizo con el Padre tormenta, solicita ayuda.

—Él es distinto, Âżverdad? —dijo Syl—. Peor, porque su propia mente combate contra Ă©l. —Distinto, sĂ­ —respondiĂł Dalinar—. Pero ÂżquiĂ©n puede decir quĂ© es peor y quĂ© es mejor? Todos tenemos nuestros propios Portadores del VacĂ­o a los que destruir, brillante Sylphrena.

Nadie puede juzgar el corazĂłn de otro ni sus escollos, pues nadie puede conocerlos de verdad. —Yo quiero intentarlo —dijo ella—. ÂżTĂș puedes hacerme comprender las emociones de Kaladin? ÂżPuedes hacerme sentir lo que le estĂĄ pasando?

—Aunque pudiera hacer lo que me pides —dijo—, no estarĂ­a bien. —Entonces nunca serĂ© capaz de ayudarlo. —Puedes ayudar sin saber exactamente quĂ© siente. Puedes estar presente para que se apoye en ti.

—Lo intento. A veces no parece desear ni mi presencia. —Seguro que esos son los momentos en los que más te necesita. Nunca podemos conocer el corazón de otra persona, brillante Sylphrena, pero todos sabemos lo que es vivir y sufrir dolor.

—¿QuĂ© dolor siente un spren?—preguntĂł Dalinar. —Él muriĂł. Mi caballero, Relador. Fue a luchar, a pesar de su edad. No debiĂł hacerlo, y cuando lo mataron me doliĂł. Me sentĂ­ sola. Tan sola que empecĂ© a perder el rumbo


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Dalinar asintiĂł. —Sospecho que Kaladin siente algo parecido, aunque por lo que tengo entendido de su dolencia, en Ă©l no tiene una causa especĂ­fica. A veces empezarĂĄ a
 perder el rumbo, como tĂș lo llamas. —El cerebro oscuro —dijo ella.

«A lo mejor es que ya puedo entender a Kaladin —pensĂł Syl—. Yo tambiĂ©n tuve un cerebro oscuro, durante un tiempo.»

TenĂ­a que recordar cĂłmo habĂ­a sido aquello. Se dio cuenta de que su cerebro responsable y su cerebro infantil coincidĂ­an en esforzarse mucho por olvidar aquella parte de su vida. Pero era Syl quien tenĂ­a el control, no ninguno de esos dos cerebros.

Tal vez, si recordaba cĂłmo se habĂ­a sentido en aquellos dĂ­as oscuros y antiguos, podrĂ­a ayudar a Kaladin en sus dĂ­as oscuros y actuales.

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